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¿Qué orden global emerge con la Inteligencia Artificial?

Webmaster2025-06-15T20:28:48-03:00

La Inteligencia Artificial está redefiniendo la discusión sobre el orden global al cuestionar los parámetros clásicos del poder.

En febrero de 2025, Google revisó sus principios de inteligencia artificial (IA) y eliminó la prohibición de aplicaciones militares o de vigilancia, revirtiendo su compromiso de 2018 —formalizado tras protestas internas y una carta abierta firmada por 4000 empleados— de no desarrollar tecnologías que causaran daño o vulneraran derechos humanos, establecido en reacción al controvertido Proyecto Maven del Pentágono, que empleaba IA para analizar imágenes de drones militares.

La medida coincide con el inicio del segundo mandato de Donald Trump y la promulgación de la Orden Ejecutiva 14179, que desregula el desarrollo de IA y lanza el programa Stargate, una inversión de 500 mil millones de dólares en infraestructura de defensa basada en IA.

Aunque Google defiende que la IA es hoy una tecnología de propósito general, su decisión abre la puerta a la militarización de sistemas autónomos de combate y vigilancia masiva, alineándose al Pentágono, junto con otras grandes tecnológicas como Microsoft, Palantir y Amazon.

La IA está redefiniendo la discusión sobre el orden global al cuestionar los parámetros clásicos del poder. Según el politólogo Robert Dahl, el poder es un tipo de influencia que puede incluir la coerción; la IA introduce el poder algorítmico, global en escala y concentrado en unos pocos actores —Estados con capacidades avanzadas en IA y grandes tecnológicas dirigidas por tecno-magnates cuya riqueza personal supera el PBI de muchos países. En 2025, por ejemplo, Elon Musk acumula una fortuna superior a los 400 mil millones de dólares, una cifra equiparable al PBI de países como Colombia o Austria.

A diferencia del poder material tradicional, el poder algorítmico es estructural —siguiendo la concepción de Susan Strange—: moldea sociedades, mercados y subjetividades mediante el procesamiento masivo de datos, la automatización de decisiones y la creación de nuevas dependencias.

Su impacto se despliega en tres planos interconectados: el cognitivo, al modelar percepciones y emociones; el geoeconómico, al concentrar riqueza y redefinir mercados; y el geopolítico, al establecer nuevas jerarquías, formas de subordinación tecnológica y lógicas de conflicto.

Se trata, además, de un mega-poder: quien domina los algoritmos controla desde lo que consumimos en redes sociales hasta las infraestructuras críticas —como redes eléctricas, sistemas de transporte y telecomunicaciones—, la seguridad nacional o los flujos financieros globales. La extracción masiva de datos se convierte en una fuente inagotable de poder económico, y la centralidad de estos actores en la arquitectura digital global les otorga una creciente gravitación política.

Sin embargo, ¿estamos ante un nuevo orden tecnopolar dominado por las grandes tecnológicas, como sugiere Ian Bremmer?

La actual reconfiguración global —una globalización partida— se apoya tanto en el resurgir de la guerra política, arancelaria y de control de exportaciones como en políticas industriales enfocadas en la seguridad nacional: Estados Unidos y China destinan miles de millones en subsidios a semiconductores e IA, forzando a las empresas a reordenar sus cadenas de valor y reduciendo su interdependencia. En este escenario, los Estados con sistemas científico-tecnológicos robustos recuperan peso para definir ganadores en la nueva competencia tecnológica.

En paralelo, el debate sobre los estándares tecnológicos se ha convertido en una disputa global cada vez más intensa para definir los principios éticos que regirán el desarrollo de la IA. En la Cumbre de París sobre Acción en IA (febrero de 2025), esta tensión salió a la superficie: 58 países suscribieron la declaración promovida por India y Francia que buscaba un equilibrio entre regulación e innovación, mientras el gobierno de Trump —encabezado por su vice, J. D. Vance, y respaldado por grandes tecnológicas y gobiernos afines como los de Reino Unido, Argentina y El Salvador— la rechazaba.

La decisión de Google de autorizar sin reservas el uso militar de la IA demuestra que la convergencia geopolítica entre Estados y grandes tecnológicas ya no es un rasgo exclusivo de China y su ecosistema tecnológico orbitando en torno al Partido Comunista.

Aunque a fines de mayo Musk optó por apartarse del gobierno de Trump en medio de la caída de su popularidad y la creciente reacción adversa de los consumidores contra sus empresas, previamente había dejado claro que DOGE —el Departamento de Eficiencia Gubernamental— era una iniciativa temporal y que su salida no pondría fin a la alianza transaccional entre la Casa Blanca y Silicon Valley.

El mega-poder algorítmico no solo interpela la noción realista y clásica del poder, sino que también disputa la definición de principios, normas y sentidos que regirán un eventual orden global futuro.

Pero la pregunta clave sigue abierta: ¿emergerá una criptarquía global —concentrada, oscura y excluyente— dominada por magnates y potencias tecno-militares de IA en pugna, que deje al Sur global al margen de su diseño y gobernanza?

¿La irrupción de la computación cuántica —del bit al qubit— acelerará tanto el desarrollo algorítmico que desbordará los actuales sistemas de cifrado y tornará obsoleto cualquier intento de marco regulatorio o control ciudadano, dando forma a una inestable protopoliarquía global? ¿O, acaso, habrá una anarquitectura caótica global, una distopía sin centro, ni control ni legitimidad, porque ningún orden injusto puede sostenerse demasiado en el tiempo?

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