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Una teoría crítica de la inteligencia artificial

Webmaster2025-04-08T10:26:34-03:00

Ante la falsa ilusión de neutralidad de los datos y de eficacia de la gobernanza algorítmica, corremos el peligro de ceder la soberanía de nuestras decisiones políticas a los procesos automáticos.

Daniel Innerarity, catedrático de Filosofía Política, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco, director del Instituto de Gobernanza Democrática y titular de la Cátedra Inteligencia Artificial y Democracia del Instituto Europeo de Florencia. Columnista de El País, El Correo y La Vanguardia. Autor, entre otros ensayos, de La sociedad invisible, Política para perplejos y La libertad democrática. Su libro Una teoría crítica de la inteligencia artificial, que reseñamos a continuación, ha obtenido el III Premio de Ensayo Eugenio Trías.

No son tan contrapuestas la tecnología y la democracia como se podría deducir de las alarmas de corte apocalíptico que exhiben los pesimistas sobre los peligros de la inteligencia artificial. Este es el punto de partida de la teoría crítica que Daniel Innerarity desarrolla en su libro. Ya en el siglo XVII, Thomas Hobbes definió al Estado como un automaton, un gigantesco engranaje que mide, planifica y calcula. No en vano el autor del Leviatán es conocido como «el abuelo de la inteligencia artificial». El fenómeno de la gobernanza algorítmica no es sino la manifestación de una vieja tendencia.

Tampoco se trata de idealizar «la autoría popular de la democracia, como si alguna vez en el pasado los humanos hubiéramos sido plenos autores soberanos de nuestras decisiones». La democracia ha estado siempre mediatizada y la sociedad política ha sido siempre una sociedad maquinizada. De suerte que «la automatización, la mediación y la soberanía compartida no son algo completamente inédito en la historia política de la humanidad». La llamada democracia compleja, cuya teoría elaboró el propio Innerarity en un ensayo anterior, proporciona «un marco de referencia para integrar los tipos de toma de decisiones» que se dan en el ecosistema de hombres y máquinas.

Si la política a lo largo del siglo XX giró en torno al debate acerca de cómo equilibrar Estado y mercado, la gran cuestión hoy es «decidir si nuestras vidas deben estar regidas por procedimientos algorítmicos y en qué medida»; de suerte que «el modo en que configuremos la gobernanza de estas tecnologías va a ser decisivo para el futuro de la democracia; puede implicar su destrucción o su fortalecimiento», advierte el pensador.

Ante el riesgo de que la delegación de decisiones en un government machine implique rendición de nuestra soberanía, hay tres respuestas posibles, nos dice Innerarity: la moratoria, la ética y la crítica política. La primera opción es discutible: «¿no mejorar los modelos de procesamiento durante un tiempo es menos arriesgado que seguir mejorándolos? […] La solución no es parar nada, sino más reflexión, investigación, inteligencia colectiva, debate democrático y regulación». Y si la moratoria frenaba demasiado, la ética frena demasiado poco y «puede convertirse en un inofensivo acompañamiento del desarrollo tecnológico irreflexivo». Queda la crítica filosófica y política. Los filósofos, indica el autor, «no damos por supuesto casi nada; de entrada, no damos por supuesto que la inteligencia artificial es inteligente ni artificial, e interrogamos acerca de la pertinencia y alcance de esos calificativos para esta clase de artefactos». Innerarity examina, igualmente, el concepto de democracia, que ahora se enfrenta a formidables desafíos con la nueva encrucijada tecnológica. Su objetivo es, justamente, elaborar «una teoría de la decisión democrática en un entorno mediado por la inteligencia artificial, elaborar una teoría crítica de la razón automática y algorítmica. Necesitamos una filosofía política de la inteligencia artificial».

Desde ese planteamiento, el autor estructura el ensayo en tres partes. Se interroga en la primera por la razón algorítmica y lo que diferencia a la inteligencia artificial de la humana; examina en la segunda los límites prácticos de aquella razón y propone un contrato social tecnológico; y en la tercera, desarrolla la filosofía política de la inteligencia artificial y cómo puede coexistir con (y beneficiar a) la democracia.

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