El camino a recorrer
La IA permite que cada peso tenga nombre, apellido y destino. Que cada decisión deje huella. Que el Estado pueda mirar hacia atrás con memoria, hacia adelante con previsión y al presente con inteligencia. Esta tecnología no es simplemente un software; es la oportunidad de poner cabeza y corazón donde durante décadas hubo improvisación y rutina.
Como escribió Borges en “Funes el memorioso”: recordar todo sin jerarquía es tan inútil como no recordar nada. La IA brinda una memoria selectiva y poderosa: identifica anomalías, predice desvíos, prioriza lo importante. Es el camino para dejar atrás el Estado de papel, con expedientes dormidos y decisiones sin data, y construir una arquitectura pública que piense, que aprenda y que mejore con el tiempo.
Convertir la IA en condición obligatoria para evaluar cada erogación pública -desde una compra mínima hasta una obra millonaria- significa garantizar integridad, evitar despilfarros, medir resultados y, sobre todo, mejorar la vida de las personas. Porque detrás de cada decisión presupuestaria hay escuelas, hospitales, caminos, alimentos, futuro.
La Inteligencia Artificial podrá, además, ser una gran herramienta no sólo para bajar el gasto improductivo sino para ayudar a bajar los impuestos (basado en usar la famosa Curva de Laffer), sacar de las espaldas de los emprendedores tanto costo improductivo y continuar simplificando la vida de las personas. El paso necesario es simplemente potenciar la luz en la sala de control del Estado. En la elección de “los caminos que se bifurcan” elegir el que llevará a Argentina a la grandeza perdida. Que así sea.